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Todos los seres humanos necesitamos y recibimos estímulos todo el tiempo; los padres o personas             que están en el entorno del niño estimulan naturalmente a sus hijos a través de juegos, canciones, caricias entre otros.

Cuando nace un niño con discapacidades no responde a las expectativas de sus padres o cuidadores se produce un duelo y esta estimulación instintiva se pierde.

En el caso de los niños y adolescentes que nos ocupan en este trabajo, estos no tienen padres, están institucionalizados. Las personas encargadas requieren capacitación para comunicar con ellos y estimular a estos niños.

En investigaciones anteriores (León & Sánchez, 2012) en la Corporación se demostró que se podía mejorar la calidad de vida de estos niños a través de la Estimulación Basal.

La estimulación surgió para atender adecuadamente a aquellos niños que padecían alguna deficiencia y alteración o imposibilidad del habla o que a causa de algún tipo dificultad en el desarrollo pre, peri o pos natal, requerían de mayores cuidados. Los logros que se alcanzaron con estos niños, permitió que también se apliquen en niños que se han desarrollado según las características de su edad.

El término de estimulación aparece levemente reflejado en sus inicios básicamente en el documento de la Declaración de los Derechos del Niño el 20 de noviembre de 1959 (Declaración Universal de los Derechos Humanos), como se mencionó en el párrafo anterior, éste fue enfocado como una forma especializada de atención a los niños que nacen en condiciones de alto riesgo biológico y social, por lo que podrían ser considerados como personas con necesidades especiales. En esta manifestación de la ONU se aclara que con esto se privilegia a aquellas personas que provienen de familias marginales, carenciadas o necesitadas.

Esta concepción de niños en riesgo quiso fundamentar a la estimulación como una necesidad en este tipo de casos. Se realizaron varios estudios los cuales permitieron conocer que los niños en situaciones graves eran los que presentaban alteraciones en su cerebro, niños prematuros y postmaduros, y alteraciones genéticas como el Síndrome de Down, cardiopatías y leucosis.

Este tratado también se enfocó en los niños con trastornos de inadaptación precoz, perturbados emocionalmente por fallo de las relaciones familiares y ambientales, o por las limitaciones en la comunicación, niños hospitalizados por mucho tiempo, los autistas, con trastornos psicológicos como los pensamientos delirantes o alucinaciones.

De esta manera, la concepción de estimulación no surgió como algo necesario para todos los niños y niñas, sino para aquellos carenciados, con limitaciones físicas o sensoriales, con déficits ambientales, familiares y sociales.

En la reunión de la CEPAL – UNICEF, celebrada en Santiago de Chile en 1981, se plantea a la intervención como acciones deliberadas e intencionales dirigidas hacia grupos específicos de población, identificados por sus condiciones de riesgo, con el fin de prevenir un problema específico, “lo que lo ubica en la prevención primaria, tratarlo para evitar un daño potencial, o sea a nivel de prevención secundaria, o buscar la rehabilitación del individuo afectado, lo que implica la prevención terciaria” (Congreso Virtual de Psiquiatría, 2006).

Como se declaró en los derechos del niño en 1958, la atención a los niños y niñas con déficits biológicos o psicológicos o ambientales llegó a constituirse en un deber y una necesidad que debía ser tomada por todos los países sobre todo en aquellos que tienen mayores necesidades, el ambiente influye en déficits y carencias para su desarrollo, y de cómo esto puede ser remediado, o aminorado, con la intervención temprana y una estimulación que propicie su desarrollo.  

Uno de los métodos de intervención en niños con discapacidades múltiples es la estimulación sensorial. La misma permite la apertura de los sentidos de los niños.

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